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Carta esférica de la costa de España en el Mediterráneo

Vicente Tofiño de San Miguel, Brigadier de la R. I. Armada. Imprenta Nacional, 1787.

Carta esférica de la costa de España en el Mediterráneo, y su correspondiente de África.

Se denomina carta esférica a una proyección cilíndrica modificada en la que la derrota de rumbo constante, o loxodrómica, se representa, al menos de manera aproximada, por una recta.

La que acompaña al derrotero de Vicente Tofiño de San Miguel es considerada una de las primeras cartas modernas del Mediterráneo.

DEL DR. MANHATTAN Y LA FOTOGRAMETRÍA AÉREA

Sin demasiada pretensión —al menos no más de la habitual en un texto con aspiraciones de divulgación—, me he planteado escribir este artículo, a modo de explicación cercana, sobre un tema que genera no pocos quebraderos de cabeza a los técnicos especialistas cuando tenemos que lidiar con sus consecuencias: la fotogrametría, sus procesos, sus usos y sus limitaciones. Pretendo, para ello, servirme del personaje de Alan Moore.

En una imagen fotogramétrica tenemos los datos en bruto, para poder seleccionar sobre ella la información que nos interesa, en contraposición con la representación condicionada de una cartografía representativa, donde su creador ha filtrado la información detallando solo la que considera relevante. Esto, sin embargo, no supondría ventaja alguna desde el punto de vista técnico si no fuese porque, como su propio nombre indica, sobre un fotograma convenientemente preparado es posible lograr mediciones, como ocurre en la cartografía tradicional.

Esto no es en absoluto una obviedad porque no todas las fotografías, ni mucho menos, gozan de este carácter metrico. En las fotos del último verano del Dr. Jon Osterman como simple físico nuclear, las dimensiones reales de los objetos que aparezcan en la imagen se encuentran distorsionadas. Levemente, por la reducida distancia foco-objeto en una fotografía ordinaria, pero distorsionadas. Esa distancia aumenta considerablemente en una fotografía aérea y, por tanto, también lo hacen las distorsiones.

En consecuencia, la fotogrametría es una disciplina técnica íntimamente ligada a la topografía y la cartografía. Principalmente, la fotogrametría aérea, que permite abarcar grandes espacios del territorio desde una cierta verticalidad; pero también la fotogrametría terrestre, en direcciones no exclusivamente cenitales y utilizada generalmente para la definición métrica de objetos cercanos y elementos arquitectónicos. Te hablaré aquí de los diferentes formatos de la primera, por ser la más útil en el ámbito de la propiedad inmobiliaria.

No obstante, todo lo anterior haría a la imagen fotogramétrica indiscutiblemente superior a la cartografía convencional, si no fuese por sus importantes limitaciones.

Limitaciones generales y comunes

Las limitaciones generales son las que afectan a toda fotografía aérea por igual, con independencia del tipo de producto que sean, como te diferenciaré más adelante.

Al mirar desde el cielo, el Dr. Manhattan observa vehículos, edificios, gente. Y aunque grabase en su retina la imagen hasta el más mínimo detalle —cosa que él podría hacer perfectamente—, al volver al día siguiente ya no estarían los mismos coches, ni las mismas personas, y hasta puede que alguno de los edificios hubiese sido derruido —aunque todo ello le causase las más desoladora indiferencia—.

De esta forma, la primera de las limitaciones de una imagen aérea es el contexto temporal. En ocasiones damos a las fotografías aéreas una trascendencia que no son capaces de soportar, creyéndolas atemporales. Tal vez por tener su principal aplicación en un campo que pretende la permanencia en el tiempo, como es la percepción del territorio, o quizás por su accesibilidad en los tiempos modernos: a un golpe de clic en aplicaciones como Google Maps. Esto es fácilmente rebatible porque no es complicado comprender que sobre los elementos muebles que aparecen fijos en la imagen —un coche aparcado, por ejemplo—, solo existe certeza de su posición y permanencia en el momento en que fueron sobrevolados. También pueden aparecer edificios que hayan sido demolidos o vegetación que haya sido talados o arrancada. Es por esto que la comprobación in situ es una medida de precaución más que recomendable; porque, pese a lo que pudiera parecer, las fotografías aéreas no se actualizan diariamente.

Un segundo problema es su información en bruto, que en ocasiones da versatilidad pero también puede ser contraproducente. Ese coche del ejemplo anterior, puede estar ocultando información relevante, como la arqueta de alcantarillado sobre la que pudiera estar aparcado; o aquella otra alineación de árboles puede estar cubriendo con su ramaje un determinado elemento de interés.

Estos problemas son irresolubles, salvo que se ejecuten vuelos específicos que contemplen estas contingencias, y los arrastrarán todos los productos fotográficos aéreos. Pero a ellos habrá que sumar otros problemas específicos, que cada avance en esos productos intentan resolver.

Por último, y antes de entrar a detalles más concretos, cabe indicar que la obtención y depuración de cualquier imagen aérea con fines métricos suele dividirse en dos fases: una de captura de datos y otra de procesamiento de los mismos.

Fotografía aérea

La fotografía aérea es el más básico de los formatos de captura; es el Dr. Manhattan mirando a simple vista mientras levita sin mayor preocupación que la de juzgar a la humanidad. En ella no es posible ni siquiera garantizar la perpendicularidad de la toma de datos, es decir, que el eje de proyección sea perfectamente perpendicular al terreno fotografiado.

En la simple fotografía aérea no suele haber fase de procesamiento, por lo que incluso con perfecta verticalidad, la imagen se verá afectada por el efecto de la distorsión perspectiva o cónica. Debido a esto, los puntos están desplazados y la imagen presenta una escala no constante —los elementos el los extremos de la imagen aparece más alejados entre sí lo que lo están en realidad—; lo que supone problemas en las posibilidades de medición. Es lo mismo que ocurre, de manera más exagerada, con los objetivos de ojo de pez. A modo de explicación gráfica, ocurre esto:

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Una publicación compartida de Discover Hong Kong (@discoverhongkong) el 5 Abr, 2016 a las 2:58 PDT

A mayores, y como resulta evidente, habrá problemas de inclinación de los objetos que se levanten del suelo, como edificaciones, tendidos, o incluso vegetación.

Mientras el hombre azul, vigilante, escudriña en lontananza la ciudad, observa en perspectiva, por lo que cuanto más lejos este un objeto, más pequeño lo verá. Lógicamente, cuando más se acerca su línea visual a la vertical de su posición —cuanto más mire lo que hay justo bajo sus pies—, menor sería esta distorsión, pero siempre habrá algo de error en la medida cuando hablamos de precisión —y esto le genera a nuestro adalid un irresoluble vacío existencial—.

Ortofotografía aérea

Cuando el Dr. Manhattan, hastiado de la humanidad, decide buscar refugio en Laurie Juspeczyk, se hace omnipresente en una cuadrícula sobre la ciudad para encontrarla lo antes posible, y los muchos ojos de los muchos Drs. Manhattan mirarán a la vez de forma perfectamente vertical y generando una multitud de imágenes simultáneas en su cerebro —la abstracción es casi más difícil que la explicación técnica—.

La ortofotografía aérea es el siguiente nivel en los productos fotogramétricos, y resuelve ese primer problema de captura oblicua durante el proceso de captura de datos, por medio de sistemas de control de movimiento inercial, logrando que el eje de captura de la imagen sea siempre perfectamente perpendicular al terreno.

Eso respecto a la perfecta vericalidad de la toma, pero, ¿Qué hay de los abatimientos producidos por la distorsión perspectiva?

Por desgracia, nosotros no disponemos del don de la ubicuidad de nuestro héroe azul, así que lo suplimos con ingenios más mundanos, como el solape de las imagenes. Esto es, cuando el vehículo aéreo sobrevuela una determinada zona procura que las imagenes que va tomando se pisen entre ellas —generalmente con recubrimientos del 60-70%—, logrando con ellos que, ya sea en una imagen, en la anterior o en la siguiente, tengamos una perspectiva del objeto lo más vertical posible. Para entender mas gráficamente el concepto de solape, piensa en como se colocan las cartas cuando se juega al solitario —o asimilado en cualquier juegos de cartas—: eso sería una pasada del vehículo aéreo.

Todo esto se acompaña de los correspondientes de cálculos matemáticos y procesos técnicos en la fase de procesamiento, para determinar que toma es la mas apropiada para cada zona y así dotar a la imagen de las propiedades de una proyección ortogonal, lográndose una escala prácticamente constante y uniforme.

Es decir, todas las correcciones que se efectuan sobre la ortofotografía aérea logran efectos únicamente a nivel del suelo, manteniéndose los abatimientos de las cubiertas de edificios, torres de tendido eléctrico, arbolado y cualquier otro elemento que se eleve.

Esto convierte a la imagen ortofotográfica en un elemento que servirá a finalidades cartográficas y de análisis de medida, sobre el que es posible tomar medidas precisas y sin distorsión a nivel de suelo, pero algunos elementos siguen apareciendo abatidos debido a su altura sobre el terreno. Es el caso de este ejemplo, captura de pantalla del visor iberpix del Instituto Geográfico Nacional:

Ortofotografía aérea verdadera (o True Ortho)

Si el determinista hombre atemporal se viese atrapado por la agonía de la eternidad, podría querer observar a través del espacio y, con su omnipresencia y omnisciencia, observar el mundo con perfecta verticalidad en todos y cada uno de sus puntos, con separación infinitesimal. Lograría así una perfecta perspectiva ortogonal.

El último producto de la fotogrametría aérea es, con medios más humanos y cientifico-tecnicos, la ortofotografía aérea verdadera o True Ortho.

En esta se logra una mejora casi imperceptible para los no iniciados respecto a la simple ortofotografía aérea, pero de vital importancia y de mayor complejidad técnica tanto en fase de captura —con un mayor solapamiento entre fotogramas— como en fase de tratamiento —cálculos de corrección y reajuste—. Esta mejora es la eliminación, casi por completo, del efecto de abatimiento de los objetos elevados sobre el terreno y, consecuentemente, una correcta ubicación espacial de las partes superiores de estos elementos —cubiertas, copas de árboles, etc— y una mayor visibilidad de aquellos elementos que pudieran estar ocultando con su abatimiento —aceras, cierres, etc—.

Así, con un recubrimiento mucho mayor al de la ortofotografía aérea —en ocasiones superior al 90%—, se logran corregir los abatimientos de muchos de los elementos que tienen desarrollo en altura, consiguiendo una imagen que no oculte información.

Ortofotocartografía

Existe un cuarto subproducto; que no es producto per se, sino una combinación de información que pretende dar un valor añadido y simplificar la interpretación de los datos en bruto de la fotografía. Este es la ortofotocartografía donde, sobre una ortofotografía, se plasma una cartografía vectorial.

El requisito de partida para poder siquiera plantear está creación, es la necesidad de un sistema de referencia de coordenadas común, de tal forma que los puntos de la cartografía y los de la ortofotografía se correspondan. Parece, obvio, pero requiere un proceso.

Y requiere un proceso porque, aunque la cartografía se suele obtener o editar directamente en un sistema de referencia —el ETRS89 es el más común, pero hay otros—, la ortofotografía debe ser ajustada, porque sus datos no se obtienen de forma precisa y directa en un sistema de coordenadas; solo aproximada. Lo más habitual, casi rudimentario por su simplisima lógica aunque eficaz, es pintar sobre el terreno unas marcas enormes, a las que se le darán coordenadas por procedimientos clásicos y en campo, que luego serán reconocibles en la imagen aérea.

Resumen final

Aunque, evidentemente, lo ideal es trabajar con ortofotografía aérea verdadera, está no está al alcance de cualquiera. Su complejidad de captura y tratamiento suponen que, en general, solo se ejecutan este tipo de trabajos para proyectos concretos y áreas acotadas. De esta forma, la mayor parte de fotogrametría aérea que nos encontramos, de servicios y proveedores especializados, suele ser ortofotografía aérea. En los peores, y menos de los casos hoy en día, tendremos a nuestra disposición meras fotografías aéreas tomadas con verticalidad de eje.

Así pues, en general no podremos servirnos de las fotografías aéreas, sean del tipo que sean, para contrastar la existencia de objetos móviles o caducos —por contra, si tienen auténtica utilidad a la hora de certificar un determinado hecho en una determinada fecha—; y, en la mayoría de los casos, es posible que haya información oculta, o que los elementos elevados no se encuentren representados en su verdadera posición. Ya no cuando las medidas sea inválidas o definitivamente erróneas por no estar corregida la distorsión perspectiva.

Carta alegórica

Matthaus Seutter. Augsburg, circa 1730.

Representation Symbolique et Ingenieuse projetteé en Siege et Bombardement, comme il faut empercher prudemment les attaques de L’Amour.

Carta alegórica que representa la batalla por el corazón.

La fortaleza central representa el corazón, circundado por “La Mer Glaceé Sans Passion” y defendido por el “Condeil des fideles amis”. En la parte inferior, el “Palais de L’Amour” rodeado de “Le Mer D’Inquietude”.

Sistema solar y Planetarium

Johann Gabriel Doppelmayr. Nuremberg, 1742.

Systema Solare et Planetarium ex hypothesi Copernicana secundium elegantissimas illustisimi quondam Hugenij deductiones novissime collectum & exhibitum

DE LA COORDINACIÓN Y DEL CON QUIEN

Bajo títulos tan atractivos como “Spanish cadastre: Collaborative maintenance and dissemination”, “Increasing legal certainly and transparency in Spain”, “Inspire services of the Spanish Directorate General for Cadastre and its use to resolve an old problem of coordination between Spanish Cadastre and Land Registry” o “Smart Successful Cadastral New Tools for Real Estate Registration: ‘all in 16 digits’” se han hecho presentaciones de las bondades teóricas del sistema adoptado tras la Ley 13/2015 en conferencias y talleres a lo largo de todo el continente y parte de Iberoamérica. Sin embargo, lo que realmente trasciende al abundar en la materia es un constante ejercicio de ombliguismo. Coordinense los demás conmigo, parece ser lo que practica la Dirección General Catastro pese a predicar lo contrario.

La actitud catastral, desde la aprobación de la citada ley, de reforma de la LH y TRCI y que dio lugar a la llamada coordinación Catastro-Registro, ha venido acompañada por un renovado, irritante —por momentos— y elevadísimo —siempre— autoconcepto del órgano fiscal.

Para empezar ha dado por adjudicadas para sí unas competencias legales que nadie le atribuía —ni le atribuye— pero, en su arrebatadora magnificencia de pantagruélico instrumento publico, poco le ha importado eso. De ser un organismo fiscal, y por tanto, administrativo, con las limitaciones que esto tiene respecto de la fragilidad jurídica de sus resoluciones y la facilidad de recurso sobre las mismas, ha decidido compararse con organismos de mucha mayor solidez jurídica. No solo de mucha mayor, sino de la máxima.

Pero es que para seguir, poco parecen importarle las críticas a su constante intromisión en tareas y funciones que no conoce y en las que ha demostrado ser incompetente. Ha forzado la inclusión de su información en el tráfico inmobiliario sin haber hecho la necesaria reflexión sobre la calidad y objetivos de sus datos.

¿Ha pervertido con ello el espíritu original de la reforma o ya lo era, veladamente?

No obstante, tampoco creo que haya una intencionalidad perversa en ello. Más bien la ingenua predisposición de quien quiere ayudar pero, por desconocimiento o incompetencia, termina por empeorar la calidad del asunto, para luego desentenderse porque le abruma o le supera —condición que ya se sabía de inicio—. El personaje bonachón, nada insidioso, pero que siempre termina poniendo en aprietos al protagonista.

Ejemplo de ello es una de las últimas medidas adoptadas: la creación de una herramienta de edición CAD que trabaja sobre su visor para generar Informes de Validacion Gráfica —garantizando, además, su resultado positivo, como si esto fuese lo que caracteriza la calidad de la actuación—. Pero es que no es nuevo. Viene, simplemente, a sumarse a la lista de despropósitos que ya habían crecido al albur del visor estrenado este año 2018.

Podría parecer que sufro un ataque agudo de corporativismo profesional pero, aunque no niego que es un acto necesario en estos tiempos en los que cualquiera dice poder cualquier cosa y cuesta horrores convencer de lo contrario, no es el caso. Lo que realmente hay detrás es un genuino sentimiento de desolación, salpicado de cierta desesperación, al ver la constante intromisión irresponsable, que termina haciendo que el particular, ingenuo y lego en la mayor parte de los casos, se crea aquello tan antiguo de que se den duros a cuatro pesetas, y que la tecnología que Catastro pone a disposición del ciudadano está ahí para facilitarle la vida; cuando la realidad es bien distinta y es más probable que le aboque a gastos infructuosos de tiempo y de dinero. Catastro transmite la idea de que los profesionales especializados somos meros asaltacaminos, innecesarios, que parasitamos una sencilla gestión administrativa que uno mismo puede hacer desde su sillón y con un par de clicks de ratón.

Desarrollo de la anterior idea, más allá del refunfuñar solitario, es pensar en quien asume la responsabilidad o advierte, desde Catastro, de las condiciones legales y administrativas que conlleva toda operación de alteración inmobiliaria: círculos inscritos, superficies mínimas, frentes a viario público, limitaciones proindiviso, afecciones a dominio público, servidumbres necesarias, y un largo etcétera. Nadie. Catastro lanza la información al aire. Bienintencionada, sin duda, aunque más perniciosa que beneficiosa.

Y ocurrirá entonces que, cuando el particular, de buena fe, aproveche su redistribución parcelaria para, ya que estamos editando, arreglar aquel defecto de Catastro que lleva arrastrando años, y al colindante le llegue la notificación del operador jurídico, que si se toma en serio sus funciones, ya tendremos el lío montado.

O pasará, también, que el pícaro de turno, queriendo aprovechar el defecto de Catastro para coordinar esa “realidad” y ganar terreno en el ámbito jurídico cuando solo lo tenía ganado en el fiscal, lo consiguiese, de no ser, una vez más, por los operadores jurídicos que permanecen alerta para notificar a posibles afectados.

Entrará entonces, y gracias a las garantías y filtros del sistema de seguridad preventiva, la caballería de aquellos profesionales ninguneados por Catastro, cargados de argumentos de oposición al acto jurídico, y pondrán las cosas en orden, para fortuna del tercero afectado por la chapuza. Pero ya el promotor del asunto habrá desperdiciado sus recursos.

Hace poco me explicaba un Registrador de la Propiedad, con quién tengo el gusto de intercambiar pareceres, que el Registro en nuestro país es “de difícil entrada, pero de imposible salida”, en referencia a la solidez de sus pronunciamientos y en comparación con otros modelos europeos de control. Esta garantizada, por tanto, la seguridad del titular regístral; pero si dicen que una cadena es tan fuerte como su eslabón más débil, ¿Hasta qué punto medidas como la comentada favorecen el reforzamiento de la seguridad jurídica inmobiliaria? Está por ver.

DE LOS MEDIOS Y FORMAS DE CAPTURA DE DATOS

La popularización de “ya-no-tan-nuevas” herramientas de trabajo en el ámbito de la topografía, como la tecnología Lidar en escaneado terrestre o los UAS y RPAS, plantean una nueva categorización de los trabajos topográficos y de descripción geométrica, sugiriendo dos grandes grupos en función del modo de captura de datos. Por un lado, se podría hablar de una topografía directa que se sirve de receptores GNSS, estaciones totales y niveles y, por otro, de una captura remota de la información, por medio de los equipos mencionados al principio.

Esto supone una importante ampliación del espectro de herramientas disponibles y una mejora indudable en la versatilidad del profesional y la adaptación a los objetivos de cada proyecto.

De esta forma, precisión, densidad de puntos, tiempo de adquisición, tiempo de procesado o costes son algunos de los factores a considerar para determinar la rentabilidad e idoneidad. Sin embargo, hay otro elemento de discriminación, no tan evidente pero si más crítico: la singularidad o discrecionalidad en la toma de datos. Es este criterio el que justifica la clasificación.

Así, la topografía de captura directa toma el punto de forma concreta, discreta y fidedigna; mientras que la captura remota lo hace de forma masiva y obliga a un posterior proceso de interpretación de los datos, que conlleva una innegable carga subjetiva a la hora de identificar los elementos singulares de relevancia. Puede que no importe una desviación determinada en la posición de un punto concreto —ubicación de marquesinas de autobús o de edificios singulares dentro de una cartografía urbana—, que simplemente no esté interesado en información puntual —caso de determinación de usos del suelo o de volumetrías de material— o que la gran extensión o detalle del espacio de trabajo hagan necesaria una mayor densidad de información —mobile mapping—. Es ahí donde las virtudes de la captura remota se disparan. Pero no es el caso de los límites inmobiliarios.

Porque un lindero no es un elemento geoespacial interpretables sobre el papel, sino una condición jurídica.

Los linderos son una condición eminentemente jurídica, porque la propiedad determina las vinculaciones legales entre el propietario y la tierra que este pretende; pero no por ello dejan de ser un elemento geoespacial, en tanto en cuanto el objeto sobre el que se extiende tal derecho puede ser georreferenciado, determinando su ubicación, y definido geométricamente, mediante su forma y superficie.

Pero la propiedad, como derecho, es un intangible, y solo es posible trasladar al terreno su imagen; pero siempre prevalecerá el derecho por encima de esa imagen física, que es mero reflejo. Y es esa subordinación lo que hace complicada su definición geométrica, porque puede coincidir o no con lo existente en el terreno, con lo capturado de manera masiva. Ya sea por imprecisión de lo físico o por variación no actualizada lo de legal. Es decir, lo físico es indiciario, pero no necesariamente probatorio.

Para dar geometría a lo jurídico mas allá de la suposición sobre la realidad tangible, es inexorablemente necesario reconocer su génesis, basada en tres premisas consecutivas. Primera, que la propiedad llega hasta donde quiera su titular, por medio de la voluntad de dominio, exclusivo y excluyente, que ejerce sobre el territorio. En aumento del problema interpretativo de lo material, este dominio podría no tener un reflejo físico claro o fácilmente apreciable. Segunda, que la anterior voluntad ha de venir avalada por el acuerdo de colindantes, como regula el 384 CC y siguientes, o estaríamos hablando de una cuestión litigiosa. Y tercera, que a todo lo anterior le afectan las correspondientes limitaciones legales y afecciones que establece la normativa. Huelga decir lo improbable que es ya la evidencia física de cualquiera de estas limitaciones, ya sean urbanísticas, administrativas, tributarias o legales.

De esta forma, se hace necesaria la discriminación directa de elementos que, pudiendo parecer límites inmobiliarios, no lo son, como la diferenciación por usos de cultivo dentro de una misma propiedad; o la determinación de líneas que, sin estar definidas en el terreno de forma claramente visible, como hitos, surcos, relieves sutiles, alineaciones, etc, si son límites entre propiedades; o la consideración de elementos físicos deliberadamente desplazados, como un cierre retranqueado que permita un cierto tránsito; o, por último, que ni siquiera exista un reflejo físico del límite, como pudiera ser el caso de una delimitación de un área de actuación urbanística recién creada —y que, además, podría ser totalmente divergente con la realidad física existente—. Y no por ello son menos reales o eficaces. Se hace prominente, como decía, la discrecionalidad de los datos tomados; no ya porque no sea una cuestión de calidad y no de cantidad, sino porque esa calidad ha de ser contrastada: datos tomados en campo y que tengan en consideración la disposición, argumentaciones y declaraciones de los propietarios colindantes. Y es que esto puede tener una importancia dramática por el conflicto que una línea límite podría llegar a representar.

Y ahí es donde los medios remotos no se presentan como los más adecuados. Unas veces por incomparecencia en el terreno con su consecuente falta de selección personalísima de la información y, otras, por la comentada interpretación particular que requiere lo obtenido. Los datos directos se interpretan y consultan al momento de capturarse, mientras que remotos han de interpretarse con posterioridad, lo que dificulta el contraste de la información en caso de incertidumbre y puede suponer una aplicación errónea y parcial.

Tampoco es que los métodos directos se libren por completo de estas limitaciones, pero pueden ser complementados por procesos rigurosos de consulta a los colindantes y control de la legalidad in situ; junto con la ya discutida individualización, más efectiva, de los datos de campo.

Asi podemos llegar a la conclusión del asunto: no hay instrumento, máquina o tecnología, por muy precisa que está sea, que permita observar la voluntad de los propietarios. Para tener constancia de esta hace falta poner pie en tierra y, una vez hecho esto, ¿que ventaja tendría ya la captura remota, con su toma en bruto de datos, respecto de un instrumental con captura discreta de coordenadas concretas?

Indudablemente, los sistemas de captura remota han llegado para quedarse, y suponen un apoyo de primer orden a la topografía inmobiliaria, pero no pueden ser más que un complemento a las insustituibles técnicas tradicionales de toma discreta de puntos.

DEL ACTO PERTURBATORIO COMO ESTRATEGIA LITIGANTE

Dicen los gallegos que ellos no creen en las meigas pero, por si acaso, advierten de que “habelas, hainas”. Y la irrefutable prueba de que hainas es algo tan tradicional y tan del saber popular como ellas mismas: os marcos. Esos objetos inanimados, delimitadores de la propiedad rural, que disponen de la virtuosa capacidad de desplazarse, generalmente por las noches, para ganar superficie, generalmente también, en favor de los más defensores y devotos de la magia de estas señoras.

Curioso, insólito y siempre inexplicable fenómeno; pero de seguro responsabilidad de esas meigas.

Porque, si esos traslados de los vértices de un inmueble no fueran cosa de estas rebeldes de causa ajena sino acciones un simple vecino caradura, se estaría cometiendo un acto perturbatorio, sancionable y de obligada reparación, y no la simple e ingenua pillería de un ser fantástico.

Se excusa, insisto, porque no creemos en ellas “mais habelas, hainas”. Y seguro que es cosa suya lo de mover marcos por las noches.

Cuestión más escandalosa es que no es la primera vez, ni será la última, que oigo plantear el acto perturbatorio como forma de actuación ante un problema de definición de límites inmobiliarios. Y no por parte de una criatura mitológica, precisamente. Sobre todo en terreno rural o en urbanizable no consolidado. En zonas en los que la delimitación o no es clara o es ambigua.

De esta forma, por mucha buena voluntad, casi ingenua, que tengamos los técnicos, prevalecerá siempre la picardía del que conoce los mecanismo del Derecho. Sus virtudes y sus defectos.

Y entre los defectos, se encuentran dos que, sin ser vicios propiamente dichos, puestos en combinación pueden resultar perniciosos.

Por un lado, la lógica carga de la prueba con la que debe lidiar quien interpone una acción judicial contra un tercero: la demostración de que algo existe u ocurre. Y en la mayoría de las acciones legales sobre bienes inmuebles —reivindicatorias, declarativas, deslindes, interdictos, etc— uno de los requisitos de esta carga probatoria es la de identificar indubitadamente el objeto sobre el que se claman los derechos.

Por otro, la ineficaz descripción y definición de los límites inmobiliarios —linderos y superficies— dentro de la seguridad jurídica inmobiliaria, que no gozan de las presunciones, parabienes y garantías del artículo 38 de la Ley Hipotecaria, quedando a disposición de las veleidades de los propietarios o poseedores. Y esas veleidades, en caso de litigio, son muy peligrosas.

La combinación de los dos aspectos es explosiva. Y es aquí donde entra en juego el acto perturbatorio. Esto es, aquellos actos que molestan la posesión tranquila de un inmueble. Y en este caso pueden ser cosas como el “tu cierra la finca por donde quieras y que nos demande el otro”, “tu construye tu muro sobre el muro del vecino y que nos demande él”, “tu mueve esa línea de estacas sin miedo y que vaya él al juzgado” o cualquier otro “tu haz…” homologable a los anteriores y que convierta en prueba diabólica la mera propiedad.

Indecibles esfuerzos he visto por reclamar o conservar un trozo de terreno no más grande que un coche. Y no creo que sea justo. Porque de justicia hablamos, al fin y al cabo. De la justicia de que lo tuyo sea tuyo y no del que se lo apropia.

Y es que, al final, todo esto pasa siempre por la misma razón: no haber tenido la precaución de fijar amistosamente la ubicación correcta de os marcos y dejarlo todo, sin embargo, al azar e imperio de as meigas. Porque el deslinde es la única acción legal que, para aclarar la frontera entre dos propiedades, no requiere de conflicto previo, sino que basta con mera confusión.

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